El problema somos nosotros

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Ahora que nos estamos desconfinando, nos percatamos de algo que algunos ya sospechábamos hace tiempo: el problema medioambiental más importante y persistente somos nosotros mismos.

Ha bastado con que nos quedásemos en casa durante un par de meses para que la naturaleza volviese a brillar con todo su esplendor. Para que los pájaros volviesen a llenar el aire con sus trinos. Para que el cielo volviese a ser azul. Para que volviese incluso a llover.

Mientras paseaba al perro sentía el silencio, olía olores distintos al del humo, veía los colores del atardecer.

Las calles estaban limpias, los pocos paseantes no gritaban ni empujaban, podías cruzar la calzada sin temor al atropello.

Para los más mayores algo nos llamaba la atención. Esto ya lo habíamos visto. No por el efecto de los virus. Es que el mundo de nuestra niñez era parecido a este de la pandemia. ¿Si no era el virus, en que se parecía la realidad pandémica a la de nuestros años primeros?

Pues, en la gente. En la cantidad de gente que había en la calle.

Y ahora estamos volviendo y con nosotros vuelve el ruido, el humo, los coches, los empujones, los gritos y la contaminación.

Ya no hay pájaros, ni puestas de sol, ni el cielo es azul, ni hay tranquilidad.

El presente ha vuelto.

Pero de cara a la transición energética podemos extraer algunas lecciones de esta experiencia.

La primera es que es mucho mejor vivir en una ciudad limpia y silenciosa que en una ciudad sucia y ruidosa.

Como no podemos reducir el número de personas que ya estamos aquí, habrá que pensar como reducir el impacto per cápita de cada uno de nosotros en la acumulación de humos y ruidos.

Hemos visto como la estrategia de quedarse en casa, aparte su importancia de cara a disminuir los contagios, reduce la carga medioambiental. Así que podríamos pensar en como quedarnos más en casa. Teletrabajando. Recibiendo asistencia médica a distancia. Realizando gestiones de forma telemática. Tele comprando. Asistiendo a actos por ordenador. Teatro, futbol, cine, conciertos a través de plataformas digitales.

Y ya que nos vamos a quedar en casa más, acondicionemos las casas para que requieran menos energía y la que requieran sea limpia. Cambiemos las calefacciones de combustibles fósiles por alternativas como las bombas de calor. Cambiemos a coches eléctricos. Dejemos de tener coche.

Pero, sobre todo, cambiemos de estilo de vida si podemos. Consumamos menos. Trabajemos menos. Viajemos menos. Dejemos de considerar el estatus social como algo relacionado con la cantidad de bienes que poseemos.

Si podemos. Porque parece que si somos como somos es porque conservamos impulsos de conducta que resultaban imprescindibles cuando vivíamos en las sabanas y en las cuevas y teníamos que luchar por nuestro lugar junto al fuego, la posición de fuerza de nuestro clan, y la acumulación de bienes para las épocas de escasez.

La pandemia ha sido una experiencia de vida alternativa con un resultado muy positivo en términos de impacto sobre el medio ambiente. Lo hemos hecho a la fuerza. Nos hemos puesto nerviosos. Hemos tenido que darnos ánimos unos a otros.

Pero se ha demostrado que es posible.

Sin llegar a nada tan radical, ¿no sería posible extraer alguna consecuencia positiva de la experiencia de cara a nuestra forma de vivir los próximos años?

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