Lo mejor es enemigo de lo bueno

lo mejor es enemigo de lo bueno

La inclusión de la Transición Energética como uno de los primeros puntos del acuerdo programático entre PSOE y UP y la próxima celebración en Madrid de una nueva cumbre mundial sobre el cambio climático pueden significar una definitiva toma de conciencia de la sociedad española acerca de la necesidad de avanzar decididamente hacia una economía descarbonizada, pero también puede significar la escenificación de un enfrentamiento entre los que quieren avanzar en esa dirección a toda velocidad y los que no lo ven tan urgente.

Dado que los partidos del próximo gobierno se encuentran a la cabeza de los que consideran que ya estamos en una emergencia climática, es de esperar que se produzcan grandes pronunciamientos en este sentido, e incluso, aunque resulte difícil de creer, que se plantee como dice el programa de UP algún tipo de nacionalizaciones o de creación de entidades estatales en el ámbito de la energía.

Si la legislatura aún no comenzada amenaza con ser bronca por la aparición de Vox y por el previsible efecto de esta aparición en el PP, así como por la desaparición de la opción centrista, la cuestión energética podría convertirse en un campo de batalla para todo tipo de demagogias, y así pasaríamos de la posibilidad de alcanzar un consenso en materia tan importante a la imposibilidad material de tal consenso.

Resulta igualmente problemático la inclusión de la agenda medioambiental entre los argumentos de las causas nacionalistas, como si el cambio climático fuese una cuestión que pueda resolverse desde un país, y mucho menos desde una región, ciudad o barriada. Aquí las soluciones parciales de nada sirven. Y tampoco los torneos a ver qué ciudad es más ecológica, tiene un Madrid-central más amplio y restrictivo, quien prohíbe antes el diesel o directamente el automóvil privado.

La transición energética tiene que ser vista más como un complicado mecanismo de relojería que como una cruzada de los justos contra los enemigos de la Verdad. Más como un cambio de hábitos a gran escala que como un nuevo “lifestyle” moderno. Más como una maratón, que como una carrera de cien metros.

Si para parar el calentamiento global tenemos que retornar a la Edad Media habremos hecho un muy mal negocio.

Lo es porque pasar de una economía basada en el uso de combustibles fósiles a una basada en nuevas formas de producción energética ya va ser una tarea titánica si se quiere hacer sin destruir las bases sobre la que se asientan sectores industriales completos y con ellos el conjunto de la sociedad. De nada nos va a servir enfriar la superficie de un mundo atravesado por guerras y revoluciones. Si para parar el calentamiento global tenemos que retornar a la Edad Media habremos hecho un muy mal negocio.

Naturalmente hacer las cosas de forma razonable no suele ser una prioridad política en tiempos revueltos como los que vivimos.

Resulta chocante observar al presidente de la nación más poderosa del mundo negar el cambio climático, (como si estuviese pensando en que a él no va a afectarle), pero igualmente chocante es comprobar la contumacia con la que se quieren cerrar las centrales nucleares en algunos países, (el nuestro, por ejemplo), como si eso no fuese a empeorar el problema.

Es como si en este asunto, el pensamiento religioso estuviese conspirando continuamente contra en pensamiento científico, y los dogmas fuesen una nueva tentación demasiado grande para unos debates políticos mucho más pendientes de la aquiescencia de fans entregados a la causa, que de razonamientos consensuados entre partes que más allá de su ideología están afectados por el problema de igual forma.

Así se habla de “transición energética justa”, que francamente no terminamos de saber en qué puede consistir o como se enfrentaría a otra forma de transición “injusta”. Tal vez se quiera insinuar que la energía producida desde fuentes renovables será gratuita en contraposición a los muy onerosos recibos de la actual energía. O que en el mundo renovable habrán desaparecido las grandes compañías y cada ciudadano se producirá su energía en huertos solares colgados de las ventanas.

Igualmente podemos imaginar un mundo de catamaranes cruzando los océanos y dirigibles de helio surcando los cielos, mientras que los apacibles ciudadanos practicamos el veganismo y la vida saludable después de eliminar a los rumiantes que tanto metano producen. Lo que resulta difícil de imaginar es el negocio turístico en catamarán y dirigible, e igualmente cómo los ocho mil millones de personas que habitarán el planeta en 2030 podrían vivir con una cierta dignidad si la economía se colapsa.

Nosotros nos conformamos con que la demagogia no invada el debate energético, con que los unos y los otros no se tiren aerogeneradores o reactores nucleares a la cabeza, y sobre todo con que la transición energética se tome por una vez en serio, se avance de forma consensuada a nivel mundial, (y ya que estamos, también a nivel nacional),  y no se tomen decisiones en base a impulsos de entusiasmo sobrevenido tipo revelación, o lo que sería aún peor, para demonizar a los contrarios.

Recordemos que vamos todos en el mismo barco y que, como dice el refrán, lo mejor es casi siempre enemigo de lo bueno.

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